martes, 24 de julio de 2007

Leído


Las pasiones me llegan, pero generalmente muy atenuadas a través del cerebro. Lo cual me permite prever con bastante precisión las consecuencias de muchos actos, ajenos o propios, antes de que éstas se produzcan. Para colmo lo que suelo prever es casi siempre el desastre. Porque, claro, cuando lo que es posible suponer son resultancias agradables, ni uno se preocupa demasiado, ni los demás se acuerdan de que se las ha vaticinado. Se disfrutan y nada más. En cambio, cuando las cosas terminan mal, como uno dijo que terminarían, todo el mundo lo recuerda y, en cierto modo, te consideran culpable del mal fin, por haberlo anunciado. Pero esta cualidad mía no me produce satisfacción, porque ocurre que yo sufro con el desastre, al unísono con el protagonista. Lo que yo desearía es que me hiciesen caso cuando vaticino y no después, precisamente para acusarme. Pero, por supuesto, tal cosa casi nunca ocurre. Porque nadie aprende con los consejos de nadie, sino con la propia experiencia. [Y aun esto último tampoco es muy cierto, pues la mayor parte de la gente repite sus errores una y otra vez, como si no quisieran convencerse de ellos.] O, tal vez, lo que buscan es demostrarse a sí mismos que son capaces de superar un error a fuerza de repetirlo. Lo cual sería una forma de autoafirmación en la propia destrucción. Porque hay errores que destruyen al que los comete. Y yo estaba temiendo que aquel del Walter fuese de tal índole.
“La prueba” José Carmona Blanco
Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 2000 (pp. 82, 83)

No hay comentarios: